Van cinco meses desde que me tomé el último caldo de costilla en el aeropuerto antes de abordar el primero de tres vuelos que terminaron dejándome en este curioso lugar que, pese al paso del tiempo y la costumbre, aún no sabría describir. El asombro fue tan grande que no llegó a manifestarse sino hasta hace poco, un día que me dio por pasear de nuevo por Shinjuku y fue como si jamás lo hubiera visto antes, como si hubiera estado sedada todas las otras veces que me hallé caminando entre edificios brillantes y repartidores de abanicos, volantes con dulces o pañuelos desechables.
Entre más recorro los interminables recovecos de esta ciudad indomable, más sorprendida y pequeña me siento. Todos los días encuentro un detalle que en anteriores ocasiones había ignorado, una campana incrustada en un edificio, una fila de ancianas brillando zapatos, un inamovible monje budista de inexplicable sonrisa. Shinjuku —y Tokio de por sí —es inagotable. No importa cuántos fines de semana le dedique al turismo, siempre existirá un rincón inexplorado esperando ser descubierto. En cierto modo me siento afortunada cada vez que me pierdo buscando un lugar específico.
Cuando viene a mi cabeza la temida pregunta “adónde ir al terminar el curso de japonés”, temo verme forzada a elegir una nueva ciudad, a empezar la exploración de cero una vez más. Temo tener que abandonar este sitio de sitios cuando la vida acá hasta ahora comienza.
Se avecina otro fin de semana. Tengo muchísimas tareas pero estoy segura de que las evadiré por un instante y saldré de nuevo a conocer el asfalto que aún no me acostumbro a pisar y que, sin embargo, me llama incesantemente a familiarzarme con cada pared, cada semáforo, cada puerta abierta de su vastísimo dominio.